La Astrologia Esoterica

Los tres niveles del horóscopo

5.11.09

Virgo



Virgo es un signo muy importante para la vida espiritual, porque lleva en sí las energías del Amor y la Devoción, tan necesarias para el desarrollo de la conciencia espiritual. No es en sí una energía que facilite los avances materiales, pero las oportunidades que brinda para el enriquecimiento del ser interno son muy amplias. Con esa idea en mente, veamos primero los rayos que se expresan mediante el signo y su relación con los regentes.

Según El Tibetano, a través de Virgo fluye la energía de tres rayos, respectivamente el Segundo de Amor-Sabiduría, el Sexto de Devoción e Idealismo y el Tercero de Inteligencia Activa. Los regentes son Júpiter (jerárquico), la Luna (esotérico) y Mercurio (exotérico).

Observemos que el Tercer Rayo en este signo opera en último lugar (sólo en el nivel de los tres mundos), es decir subordinado a los otros dos rayos; la actividad inteligente es provocada en base a una energía atractiva; en otras palabras, en última instancia sólo el amor genera verdadera actividad en Virgo.

Los otros dos rayos vienen a mostrar (entre otras cosas) dos formas diferentes de ver una misma realidad, que es la de la gestación de la conciencia espiritual. En un sentido inferior se considera que es devoción la relación que la Madre (Virgo) tiene con el hijo; en un sentido más íntimo la Madre ama al Cristo interno de forma total y sin condicionamientos, con lo que el amor se expresa puramente como identificación.

En el desenvolvimiento de Virgo podemos ver cómo, después de emerger la conciencia en Leo, se pasa a revestirla de forma y así a atraer materia digna de formar los vehículos del alma; para eso es necesario un planeta que exprese adecuadamente la Atracción y de allí que Júpiter (planeta de 2º rayo) sea el primer regente.

Una vez que el material está presente, se trata simplemente de nutrir la vida interna con lo que pueda necesitar, fomentando su desarrollo pero de manera indirecta, para que el ser en gestación pueda obtener los elementos que luego lo hagan independiente. El aporte es ahora una especie de irradiación velada, y cubriendo esas funciones encontramos a la Luna, que vela la luz de Vulcano y Neptuno.

Por último se revela la Presencia, asentando desde los planos superiores hasta la conciencia física un canal de luz basado en la comprensión del Plan. Esa afluencia de luz es facilitada por Mercurio, el regente exotérico.

Lo anterior se refiere esencialmente a las relaciones rayos/regentes, pero en Virgo tenemos otras cualidades que pueden extraerse de aquella estructura y resumirse en algunas palabras clave: receptividad, dependencia, identificación y humildad.

Astrológicamente, Virgo es un signo femenino y negativo; esa función de recepción es acentuada por sus características especiales. Se trata de la energía de la Materia que responde al Propósito o al Plan, que construye en base a los arquetipos divinos. Virgo es, en un sentido, ese signo que presta atentos oídos a lo superior y se dedica no a emprender por su mera potencia, como podría ser Aries o Leo, sino que actúa en función de lo que manda la Voz del Silencio, o fracasa.

Eso nos lleva al segundo término, dependencia. A través de Virgo aprendemos hasta qué punto lo superior depende de lo inferior para llevar a cabo su Propósito, y a su vez lo inferior depende de lo superior para su realización. Es la identificación, la continuidad de conciencia fruto de la aniquilación del egoísmo, que previamente requiere el desarrollo de esa gran capacidad de atracción que facilita el signo. En caso de primar el egoísmo, el resultado es el fracaso, porque la dependencia necesaria para llevar a cabo cualquier empresa no es comprendida en un sentido espiritual y la energía del amor no puede fluir libremente.

La correcta dependencia, con el yo como parte del Todo, inspira a la conciencia en un proceso de creciente humildad a medida que se desarrolla el servicio, llegando a la identificación (aunque sea por un instante) entre el Servidor y el Servido. Esa fusión, generada por las energías amorosas que afluyen desde Virgo a los corazones de los hombres, acrecienta la luz interna y prepara el camino para la Salvación, esotéricamente entendida.

Eso nos conduce al último punto, que es la relación de Virgo con Piscis, su opuesto complementario. Podríamos decir que el Salvador pesca y eleva; Virgo podría ser la red que se extiende horizontalmente y se sacrifica perdiéndose en el espacio para cumplir el Propósito, actuando más velada que visiblemente pero con igual fidelidad a lo divino.

En conclusión, Virgo es el alimento que ocultamente nos da los fundamentos para actuar en este mundo, el oído silencioso y atento a los dictados del Yo superior; contemos o no con su energía en nuestro Ascendente o Sol, el período que se avecina es propicio para reflexionar sobre el Amor y el sacrificio, sobre la necesidad de servir a los demás y la imposibilidad de no hacerlo, sobre la ilusión del egoísmo y el valor de la humildad. Es también la oportunidad del silencio, la purificación y la preparación para abarcar nuevas realidades y acrecentar por irradiación la luz del mundo.

Leo



Las energías de Leo son muy conocidas por toda la humanidad, porque están vinculadas a la autoconciencia, que es la esencia misma de nuestra evolución.

Podemos decir que las energías zodiacales operan en todos los niveles de evolución, siendo a veces presentidas y a veces no, según el grado de conciencia alcanzado; aún en la evolución superior se toma contacto con energías que de momento no podemos individualizar y por ello presentimos vagamente, en el mejor de los casos.

Otro tema a tener en cuenta es que al parecer la relación entre los rayos que transmite un signo y los regentes planetarios que manifiestan esa energía es muy distinta según los reinos que se estudie, y en el caso de Leo tendríamos una muestra: el hecho de que esté el Sol como regente se vería en el caso humano pero no el del reino animal, porque en éste la conciencia operaría de forma diferente a la humana. Al no ser autoconciencia, no sería necesario “estar en el centro” como facilita el Sol, sino que bastaría alguna expresión más difusa. De ser esto así, nos queda la reflexión de cómo nuestra más elevada conciencia o percepción (la monádica) no es más que un tipo menor dentro de ese esquema del que el Zodíaco es su expresión.

Dos rayos se expresan mediante Leo, el Quinto de Conocimiento Concreto y el Primero de Voluntad o Poder, a través del Sol en los niveles jerárquico, esotérico y exotérico (velando a Urano, Neptuno y un planeta de 2º rayo respectivamente). Veamos algo de los significados subyacentes:

Como marcábamos antes, la energía de Leo es la que produce conciencia, y para que ello ocurra debemos recordar que la conciencia es el resultado de la interacción entre la Vida y la materia; en un sentido misterioso es el alcance de los límites en la materia (en diferentes niveles de sutilidad) el que hace “chocar” la Vida y da nacimiento a la conciencia.

Ahí vemos una función de Quinto Rayo, ya que es el Rayo de la discriminación, la separación y el aislamiento; es el que permite llegar a un “círculo no se pasa” para a partir de allí elaborar un sentido del camino recorrido y generar conciencia. A su vez, el Primer Rayo refuerza la introspección y da la energía necesaria para, una vez aprendida al lección, mantener dominado el reino a través de la síntesis, tan propia de la conciencia realizada.

Esto nos lleva al tema de los regentes: se afirma que el Sol es capaz de emitir energía gracias a su fuerte gravedad, la que provoca en su núcleo una presión tan grande que enciende su contenido y lo vuelve irradiante. La irradiación, entonces, no sería otra cosa que la realización, que esa energía redimida y transformada en conciencia, y por ende en luz.

Aplicando el principio de la atracción de materia, podríamos decir muy genéricamente que la humanidad absorbe energía y la irradia esencialmente en el plano físico, que los discípulos irradian también en el plano astral (empleando como vehículo velado a Neptuno) y que los iniciados hacen sentir su presencia en el plano mental (a través de Urano, velado regente jerárquico). En todos los casos es la potencia del Sol la que parece actuar, pero su fundamento dado por la energía del planeta velado, que es como su fuente de inspiración y le provee la materia a ser atraída.

Es así como las energías de Leo son propicias para una reflexión acerca del Sol de nuestra vida y del Sol en torno al cual gira la humanidad, ese centro de conciencia que se nutre de las energías superiores y que a medida que se profundiza va expresando crecientemente la luz de la realización. Parece asimismo un momento adecuado para delimitar el campo de conciencia de la vida y sintetizar como propias las vivencias dispersas.

En ese sentido se comprenden un poco mejor los dos lemas del signo: el exotérico es “Que existan otras formas. Yo rijo porque Yo soy”. Vemos aquí la analogía inferior del uso de los rayos mencionados; sin embargo la misma Ley pero en un nivel superior es la que permite decir “Yo soy Ése y Ése soy Yo”: cuando la interrelación con Acuario expande la conciencia netamente individual hacia límites más amplios, la síntesis de lo aprendido no se pierde sino que muta en su naturaleza. Como decía Beltrán Anglada, “no es la gota en el mar sino el mar en la gota”; los Rayos y los regentes retienen su función pero esta vez lo hacen en una porción más grande del silencio, a la espera de que otra culminación de la experiencia nos permita decir nuevamente “Yo Soy”.

Por último, es interesante notar que entre Leo y su opuesto complementario Acuario podemos ver la analogía del latido del corazón; exotéricamente Leo rige al corazón y Acuario al sistema circulatorio; al parecer en los niveles de conciencia humanos ese movimiento es inevitable: sístole (contracción, Leo) y diástole (expansión, Acuario), conciencia individual y conciencia grupal. Si no se toma adecuado impulso en una no es posible la otra. ¿Por qué late nuestro corazón? ¿Cuál es el centro inspirador hacia el cual atraemos el universo y cuán profunda es nuestra relación con los centros superiores del planeta, la Jerarquía y Shamballa? Leo pregunta, y de alguna manera, Leo encierra la respuesta.

Cáncer



Se afirma que Cáncer, el Cangrejo (o el Escarabajo en una analogía superior), es un signo de influencia masiva y de conciencia instintiva. Veamos en lo posible el por qué de esta afirmación, para lo cual analizaremos el rol de los rayos que se expresan mediante el signo y los regentes planetarios que manifiestan tales rayos.

Ante todo debemos recordar las dos notas claves del signo: la exotérica, cuando reina la personalidad, es: “que el aislamiento sea la regla, y sin embargo la multitud exista”. Por su parte, cuando el ser ya ha revertido la Rueda de la Vida, el lema es “construyo una casa iluminada y moro en ella”.

Los rayos que distribuye Cáncer son el Tercero de Actividad Inteligente y el Séptimo de Ceremonial y Magia. Los regentes son Neptuno como jerárquico y esotérico, y la Luna como exotérico.

Dicho esto, tengamos en cuenta que los Rayos implicados aportan aferramiento al plano físico o a lo más tangible de cada plano. Asimismo, podemos ver una combinación de ausencia de rayos pares y de planetas afines al factor mente (Mercurio, Venus, el Sol) en el interior del signo. Como consecuencia, las energías cancerianas por una parte aferran la conciencia a un plano, y por otro impiden la afirmación del yo o la diferenciación permanente con el no-yo (“la multitud existe, aunque rija el aparente aislamiento”). Se trataría, por ello, de la convivencia con la forma en sus más variadas vibraciones.

¿Es esa identificación instintiva negativa? Eso dependerá de cada estado de conciencia, porque las energías de Cáncer producen un efecto de “masividad” en distintos niveles, ya que esto siempre es necesario en determinados estadios de la evolución; a su vez si no es para un ser en particular lo será para otros que lo necesiten.

Cuando la energía se expresa a través de la Luna, lo masivo se experimenta como sumersión en la forma, como conciencia encarnada y por eso “muerta” a la Luz de la Vida. Tierra y agua rigen por igual, y el océano es el de la forma, aunque el ser no se da cabal cuenta de ello.

Cuando nace Cristo en el corazón y la Luna comienza a regir esotéricamente desde Virgo, se descubre que la influencia de Neptuno en Cáncer ha sumido a la conciencia en un nuevo estado de percepción. Esta vez ya se ha pasado por la experiencia exotérica de Leo y existe entonces una identidad claramente definida y aparentemente aislada de los demás, pero el desarrollo de la conciencia conduce a percibir que se es consciente en ciertos niveles e inconsciente en otros más elevados. Esa diferenciación vino gracias a la dualidad de Géminis, el signo anterior a Cáncer, y pudo apreciarse conscientemente en Leo.

En ese caso, el aferramiento o si se quiere la construcción de un vehículo apto se realiza en el plano búdico, y para ello Neptuno ha aportado su influencia disolvente, dando los primeros pasos para la sintetización del tiempo cuando la conciencia comienza a “empaparse” con el silencio.

Neptuno es el Dios de las Aguas, y cumple con su función si consideramos que aquí trabaja primero veladamente con la Luna, volcando a la Vida en el mar de la conciencia de la forma y especialmente el plano astral. Posteriormente el nuevo mar será el plano búdico, y se experimentará allí otra vez la vaga y aún ligera percepción de estar sumergido en algo por aprehender.

Tal conciencia acabará (en lo que hace a la evolución humana) cuando el poder jerárquico de Neptuno lleve a la sumersión en el océano del sistema solar. En tal nivel la evolución recomenzará, una vez que la Luna haya proporcionado desde Acuario una forma adecuada a la conciencia grupal ya generada (la Luna es regente jerárquico de ese signo).

¿Cuáles son los límites de la conciencia instintiva? Se dice en el esoterismo que la identificación con una forma, no importa cuán elevada sea, debe terminar en algún momento. Es allí cuando el signo opuesto, Capricornio, opera como complemento: Capricornio cierra o delimita el “círculo no se pasa” de lo vivido y hace “nacer” a un nuevo estado de conciencia, “cerrando la puerta donde se halla el mal”. Cáncer es la preparación para ello, la encarnación, la experiencia que nos permite abarcar en nuestra conciencia, de manera inconsciente, la esencia de un plano y hasta de un reino. Por supuesto que en algún momento existirá conciencia, pero eso parece ser más función de otros signos (que rigen simultáneamente la evolución). Con Cáncer se produce la vivencia de lo individual en lo masivo, y a su vez el aferramiento a lo masivo, que instintivamente se percibe como propio, lo que aportará materiales más luminosos para una creciente expresión del yo interno.

En conclusión, Cáncer es la puerta de entrada a la evolución en algún tipo de forma, y es por eso que durante su regencia tenemos la oportunidad de realizar interacciones inteligentes, de ser el océano de la conciencia más amplia para los demás (como otros lo son para nosotros) para edificar inconscientemente un hogar interno más luminoso que el presente y a la vez colaborar en la construcción de ese luminoso Hogar que finalmente albergará a la conciencia humana durante la Era de Acuario.

Géminis



Géminis cumple una función fundamental para la humanidad pero en particular para las personas que viven la vida del discípulo, porque sus energías de 2º rayo expresar la atracción de lo inferior por lo superior.

Según El Tibetano, el signo manifiesta sus energías a través de sus tres regentes: el jerárquico es la Tierra, el esotérico es Venus y el exotérico es Mercurio. Veamos algunos de los significados de esta combinación, y de qué manera cada regente colabora con el propósito del signo.

Como marcábamos anteriormente, la energía de Géminis es la del relacionamiento. Precisamente en su lema esotérico se dice “reconozco mi otro yo, y en la declinación de ese yo, crezco y resplandezco”.

Géminis inaugura la conciencia de la dualidad, es su energía la que combinada con la de Sagitario (su complementario) conecta a lo inferior con lo superior, tiende los primeros hilos de contacto y nutre la interrelación que finalmente se resolverá en la síntesis.

Géminis se pone en acción ante una demanda, es decir que opera en respuesta al pedido del yo inferior, y responde a esa invocación de diferentes maneras.

Cuando rige Mercurio la energía del signo se aprecia como el punto central iluminado que aparece en medio del fragor de los tres mundos, e instala un punto de luz en la suplicante conciencia del hombre. Esto orientará en su momento un proceso de integración y equilibrio que permitirá al yo inferior tomar contacto con el yo superior a través de Venus.

En este caso, la relación apuntará a conectar la personalidad con el alma, a ensanchar el canal que une los dos reinos, la Humanidad y la Jerarquía. La dualidad se mantiene y se realiza ahora en el plano mental (regido por Venus, planeta de 5º rayo).

Una vez que el aprendizaje de los demás signos conduce a la necesidad de una nueva dualidad, de otro yo superior, el discípulo se encuentra con que la guía que lo había acompañado inconscientemente a lo largo del Sendero decrece en su luz ante la visión de una Guía Superior: la Mónada. La conciencia planetaria, esencia del alma, cede su lugar de honor ante los tenues destellos de la conciencia solar, y esta nueva vinculación es establecida a través de Géminis.

Empero ahora la dualidad no funciona de un modo común, porque la naturaleza de la percepción es diferente. Aquí la transmisión de las energías mediante la Tierra (regente jerárquico) parece ofrecer una analogía: en efecto la conciencia, de aspirar a algo superior distinto a ella como en las etapas anteriores, ahora se vuelve igual a sí misma, es decir se sitúa e identifica con el presente aquí en la Tierra, en el ahora. La relación seguirá siendo dual y subjetiva, pero ya no será porque la meta esté dentro del tiempo, sino que será de identificación gradual con las energías de un centro superior como es el Sol, a partir de la previa integración con las energías terrestres. Una vez más, lo que no cambia es la energía básica, que es la del Amor-Sabiduría.

He allí una de los posibles significados de la relación que El Tibetano da entre la Tierra y el Sol, a la cual compara con la relación entre los centros raíz y coronario. En ese sentido, sabemos que después de la tercera iniciación comienza el ascenso de las energías alojadas en el centro raíz hacia el coronario, y el iniciado conecta dentro de sí las energías de los siete centros. A partir de allí será cuestión de acrecentar la cualidad y la vida existentes en ellos, pero ya no relacionarlos. Esto sugiere que ya no existe el tiempo (las relaciones) en el sentido convencional, sino que el signo opera de otra manera, tal vez no a través de la diferenciación consciente entre lo inferior y superior sino mediante la identificación y la inclusión en la vivencia de lo superior.

Por último, es interesante acotar que la clave para el funcionamiento de Géminis es la necesidad: el yo superior se ve imposibilitado de actuar, de tender su mano de luz integradora si es que no es invocado, y aquí vemos una analogía del respeto de la Jerarquía por el libre albedrío humano. En todo caso, podemos suponer que si existe un período para pedir, preguntar y conectar espiritualmente ése es el plenilunio de Géminis, y he allí uno de los motivos por el que el festival se llama el de La Gran Invocación.

En conclusión, que la invocación sea tan amplia como nuestra conciencia y así evoque la respuesta del alma humana, es la alegría de todos.